Introducción


RUTA DE CORTÉS o de cómo los antiguos pobladores del antiguo territorio mexicano fueron conquistados

Entre la fotografía de paisaje y el performance fotográfico; entre la expedición historicista y el recorrido geográfico; entre la interpretación y la creación; entre la imagen, el texto, la cartografía y el trazo, está la serie que nos presenta Manuel Zavala y Alonso.

La Ruta propone un recorrido tras los pasos de Hernán Cortés: héroe y villano, uno de los personajes más celebres, polémicos y poco comprendidos del devenir del territorio mexicano. Desde Cozumel hasta Veracruz; de ahí a los llanos de Perote y a las cabeceras de Puebla y Tlaxcala; para finalmente adentrarse en el corazón de México-Tenochtitlan. Playas y puertos, mares y ríos, dunas y montañas, pero también el paisaje urbano más descarnado del México actual.

El protagonista de las diecisiete obras de la Ruta de Cortés es una estructura de ramas que, a manera de barco simbólico y entelequia, representa la entrada del conquistador en pos del reino de Moctezuma. Poco a poco, el barco-personaje se va adentrando en tierra firme –como lo hiciera Cortés con su ejército, transformando en el proceso su idea del territorio, de la empresa armada y de ellos mismos. Sin embargo, la travesía del barco no termina en la plancha del Zócalo capitalino, sino en su transfiguración ontológica de viajero en objeto museable.

El trayecto que emprendiera Hernán Cortés hace poco menos de quinientos años –acompañado de sus capitanes y soldados, de un puñado de caballos y de un grupo creciente de aliados indígenas– ha sido parcialmente identificado gracias a las “crónicas de conquista”. Tales fueron precisamente las fuentes utilizadas por Manuel, a manera de carta de navegación: las Cartas de relación dirigidas por el propio conquistador al emperador Carlos V; y la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, escrita por Bernal Díaz del Castillo durante su vejez. Zavala también echó mano de algunos fragmentos de las Instrucciones dadas por Diego Velázquez a Cortés, quedando así de manifiesto la distancia entre la norma y la realidad de los acontecimientos.

Se trata de una historia (en el sentido de narración) de Conquista, concepto que al paso del tiempo ha demostrado su enorme complejidad en el imaginario de los pobladores de la Nueva España y del México contemporáneo. Quedan abiertas, así, múltiples preguntas sobre los significados de dicho concepto; pero también sobre la figura del conquistador mismo en diferentes épocas; sobre las estrategias políticas y militares que hicieron posible su avance sobre el territorio; sobre sus diversas consecuencias, entre ellas el mestizaje y la evangelización.

Pero también queda de manifiesto la situación política del territorio anterior a “la llegada de los españoles”... cualquier parecido con la actualidad es mera coincidencia. De esa manera, la Ruta no sólo es la crónica de un hecho heroico o de una empresa de dominación, sino también la de una historia de venganzas y traiciones. Zavala y Alonso juega con las posibilidades de la continuidad y la ruptura en términos de los procesos históricos; pero sobre todo, se adentra en su exploración permanente sobre la naturaleza humana.

La serie es resultado, pues, del recorrido emprendido por Manuel Zavala a la vieja usanza de los artistas viajeros y en la suya particular de artista contemporáneo que se deleita en la historia. Cabe recordar que ese mismo trayecto, del Golfo de México a la otrora “ciudad de los palacios”, sigue teniendo, incluso en nuestros días, fuertes connotaciones históricas. No es casualidad que los virreyes novohispanos siguieran esa ruta en su entrada al reino, a manera de acto simbólico que refrendaba el poderío de la corona española. Mucho tiempo después, cada uno de esos puntos sigue estando marcado por la Conquista. Aunque muy transformados, muestran las cicatrices geográfico-culturales producidas por ese proceso histórico: la arquitectura, el paisaje, los mismos toponímicos (la Santa Veracruz, Paso de Cortés).

El recorrido es, pues, un acto de exploración, de conciencia territorial, de imaginación, de desagravio. El paisaje histórico se ve transformado en paisaje simbólico y emocional, personal e íntimo. La experiencia propia, tras el personaje y dentro del territorio mexicano, constituye sin duda un proceso de apropiación del espacio, de “conquista” personalísima.

Manuel emprendió el viaje, armado de una Canon 50D y de una G10 que, a su vez, le permitiera el registro de su propio performance fotográfico. Exploró, como en otros trabajos, la fotografía de paisaje, de arquitectura y la vedutta; pero también se acercó al retrato de personajes urbanos, tópico de interés reciente dentro de su producción visual. Además, cada pieza quedó completada por las líneas que señalan asociaciones entre la fotografía, la cartografía antigua y los mapas satelitales. Todo ello sirvió, por último, de soporte a los trazos libres del artista, que buscan sugerir asociaciones y repeticiones de conceptos.

Hist. Lenice Rivera