Introducción


La serie “Inmanente” se compone de un conjunto de obras a través de las cuales el artista Manuel Zavala Alonso aborda el tema de la representación de lo sagrado. La serie está realizada en diversos soportes como pintura, dibujo, objetos intervenidos y fotografía. A lo largo de esta serie, la propuesta es provocar la reflexión y aproximación a lo inmanente, aquella sustancia que “posibilita interiorizar lo sagrado que cada ser humano tiene en sí mismo”.

Las pinturas que integran la serie se fundamentan en tres ideas desarrolladas por el artista a lo largo de varios años, como son el Cielo, concebido por Zavala -a partir del I Ching y del Taoísmo- como la entidad que define el destino humano; el Wuji como principio del todo; y, la representación de la tierra y el mar como los espacios habitados por el ser humano.

En las fotografías se despliegan un conjunto de imágenes abstractas de elementos como agua, cielos, piedras, metales y los montículos ordenados de rocas, concebidos  por el artista como espacios de ritualidad y oración frente a la creación del universo y a la naturaleza  inconmensurable. Así, a través de la imagen y contextualización de los objetos, el artista les otorga un sentido de sacralidad.

La serie correspondiente a los objetos fue comenzada en el año 2004 con una intencionalidad más clara de representar lo sagrado. Está conformada por distintos objetos orgánicos como piedras, huesos y otros, que han permitido la intervención del artista mediante pinceladas a modo de líneas y trazos, hoja de oro o plata, así como la incorporación de otros objetos. En este proceso de apropiación, el artista despliega los elementos intervenidos a modo de rituales y les confiere nuevos significados.

Finalmente, los dibujos son un espacio de reflexión para el espectador, que desarrolla por medio de grafismos, representación de piedras, el círculo primigenio del Wuji, así como también la inclusión de textos o palabras.

A lo largo de cuarenta años de trayectoria artística, Manuel Zavala ha desarrollado una serie de temas y lenguajes artísticos que paulatinamente han ido conformando y definiendo un corpus de ideas dando como resultado la serie “Inmanente”.

Zavala pertenece a una generación que en la década de 1970 rompió con los lenguajes tradicionales del arte -como la pintura que, en ese contexto, representaba lo más académico-, llevándolos a explorar medios alternativos para la creación; en esos años de la agitada década también participó en los movimientos de artistas que cuestionaron distintos aspectos relacionados con el arte en México, integrándose al movimiento de los grupos de artistas, con Narrativa Visual. Al mismo tiempo, participó en exposiciones colectivas –algunas de ellas de gran importancia, organizadas por Tomás Parra en el Foro de Arte Contemporáneo- y varias individuales, para, finalmente y luego de este recorrido, regresar al formato pictórico, que ahora integra el conjunto más importante de la serie “Inmanente”.

En “Inmanente” Zavala retoma elementos tanto conceptuales y formales como visuales y plásticos, que han ido configurando su obra desde sus comienzos en el arte. La serie, en definitiva, resume una larga trayectoria artística en la que ha mantenido una permanente reflexión y búsqueda en torno a la esencia de la condición humana, aquello que denomina “la sustancia poética del hombre”.

En 1976 Manuel Zavala exhibe por primera vez de forma individual, presentando “Memorias del signo. Aproximación a la semiótica”, exposición en la que establece una fuerte relación conceptual con la sustancia poética, lo que llama “el ánimo del hombre”. Las piezas expuestas, entre pinturas y dibujos, son en su mayoría abstractas, con objetos integrados, el uso de texturas y fuertes cargas matéricas y una serie de referentes sígnicos que aludían a los artistas españoles del informalismo expresionista, entre ellos Tapiés y Millares, así como a otros grandes creadores, como Passolini. Es fundamental mencionar que, desde entonces, Zavala manifestará en toda su obra –y de constantemente- la influencia y poderosa relación con la literatura.

A lo largo de los años setenta, Zavala incursionó de manera sistemática y sólida en la neográfica; realizando, además, una serie de ejercicios conceptuales y continuando con las propuestas de narrativa visual, en las que aborda el análisis del signo, integrando imagen y texto tanto en composiciones pictóricas como en dibujos, de trazos gestuales y expresionistas que, más adelante, enriquecerá con la fotografía.

Hacia la década de los años ochenta, Manuel Zavala se enfoca en el desarrollo de una obra más personal que profundiza en las preocupaciones del artista en relación a la sustancia -la esencia- del hombre.

En 2006, después de haber expuesto individual y colectivamente en diversos espacios, presenta la muestra individual “De volcanes y templos”, en la que, con mayor claridad, se va aproximando al concepto de representación de lo sagrado, a través de imágenes de montañas y de los templos.

Posteriormente Zavala desarrolla durante un tiempo el lenguaje de la fotografía y, a partir del año 2011, el artista empieza a enfocarse plenamente en el concepto de lo sagrado por medio de la pintura, retomando una serie de signos y grafismos que había realizado antes, elementos que fueron definiendo y reforzando la representación de lo sagrado.

La obra pictórica que integra la serie “Inmanente”, realizada en su mayoría en formatos medianos,  destaca por la pureza y contundencia de los colores primarios –predominio, sobre todo, de tonos azules- que, en combinación con el uso de la hoja de oro y plata, refuerzan la idea de la representación de lo sagrado. La mayoría de las pinturas sorprenden por el sentido de equilibrio estructural, composiciones en las que el artista despoja de cualquier elemento innecesario para destacar aquello que es esencial.

 

Los tonalidades azules, en combinación con los plateados y dorados, enfatizan el concepto de sacralidad, a través de imágenes poderosas y contundentes, tanto en las que piezas que revelan una cierta quietud y sensación de infinito, o en las que parecen mantener una fuerza oculta, contenida, como en aquellas cuyo movimiento, dado por medio de pinceladas más expresionistas y gestuales, remiten a la imponente fuerza del mar. Las figuras geométricas, generalmente la imagen de un triángulo que apunta hacia el cielo o hacia el mar, remite, a su vez, a la influencia de la literatura en toda la obra visual de Zavala, en especial, la del escritor Joseph Conrad, pero sin dejar de perder el vínculo con una iconografía local, tradicional, que tiene mucho que ver con la propia historia religiosa de México, un mundo lleno de imágenes y formas en el que se entremezclan cotidianamente la presencia subterfugia de dos mundos que ya conviven.

Las piezas en conjunto -pese a lo anterior-, se distinguen por una pulcra austeridad: el uso de formas geométricas o una línea recta como únicos elementos figurativos que, en medio de una variación de intensos tonos azules, amarillos o rojos, contrastados con las hojas de plata y oro –representativos en la iconografía religiosa, de la divinidad- remarcan, apuntan y fijan la atención –en la idea de lo sagrado.

Por otro lado, las piezas remiten, además, al romanticismo del siglo XIX, al situar a los elementos de la naturaleza como representación de lo sagrado o, dicho de otro modo, la idea de lo inconmensurable.

 

Daniela Cuéllar Díaz. Historiadora del Arte.