Prólogo


LA HAZAÑA DE HERNÁN CORTÉS

¿Cuántas veces se ha visto en la historia que una generación haya sido capaz, en el transcurso de su vida, de convertir el mundo que la vio nacer en algo enteramente distinto? ¿Cuántas veces ha ocurrido que quienes así lo hicieron, sabedores del tamaño de su gesta, lo pudieran proclamar desafiantes? Tal fue el destino que se labró a sí mismo Hernán Cortés (1485-1547). Cuando el futuro conquistador de México veía la primera luz, las tres estirpes de la humanidad surgidas de la simiente de Noé se repartían entre otras tantas partes del orbe, sólo había una Iglesia en Occidente y cuando los príncipes soñaban con ejercer el imperio universal, pensaban que habrían de reinar sobre Roma o Jerusalén. Sesenta años después, la cristiandad se ha desgarrado para siempre, un mundo enteramente nuevo se dibuja día a día en los mapas y el catálogo de las naciones crece con los nombres de muchas hasta entonces desconocidas y ahora sometidas, por la ambición de riquezas y gloria de hombres como Cortés, al utópico dominio universal del emperador Carlos V.

Siete cabezas de reyes encadenadas entre sí circundan el blasón que adoptó en 1525 el vencedor de México Tenochtitlan, y son un adecuado símbolo de lo que fue la empresa de su vida: la sumisión humillante y cruel de señores y pueblos orgullosos, pero también la concordia y la reedificación de lo que hasta entonces estuvo disperso y enfrentado. Cuando la inteligencia penetrante de Cortés contemplaba aquel mosaico de cacicazgos y lenguas puesto a sus pies, vendría a su mente la imagen del Sacro Imperio Germánico, aquella agregación incomprensible y frágil de territorios sobre los que mal mandaba su rey en Europa. Debió entonces temer por la permanencia de su conquista, razón de la fama que sus hados le habían reservado, y quizás por eso adoptó el designio –genial, incluso en el nombre– de hacer de esa tierra portentosa y diversa una sola y Nueva España.

Han pasado desde entonces casi cinco siglos, y el peso de aquella decisión aún gravita sobre nosotros. Es cierto que en la actualidad el nombre de Cortés es para la inmensa mayoría sinónimo de males que se achacan a quienes son polvo desde hace siglos, cuando en buena medida son responsabilidad nuestra. Raros son quienes lo asocian con los lugares por los que pasó con su hueste, que con empeño ha capturado en esta ocasión la lente de Manuel Zavala, dando cuenta de cuánto hemos hecho desde entonces para engrandecer, pero también para devastar, el asombroso paisaje natural y humano descrito en las cartas de Cortés. Menos son quienes lo recuerdan por lo mucho que construyó y labró en esta tierra, que amó al punto de querer reposar en ella para siempre. Pero también es cierto que hoy en día, pese a que seguimos divididos y enfrentados, una necedad indescriptible y esperanzada parecida a la del conquistador nos hace mantener y desear mantener la unidad que él mismo creara y que ahora llamamos México. Esa perseverancia, viva en nosotros, es hasta hoy la más grande y perenne hazaña de Hernán Cortés.

Dr. Iván Escamilla González
Instituto de Investigaciones Históricas,
Universidad Nacional Autónoma de México